En Algemesí también compiten los becerristas por la Naranja de Plata. A plaza llena, dos tardes. En la primera sin picadores del ciclo han destacado el local Juan Alberto Torrijos, que ha abierto la puerta grande, y el catalán Mario Vilau que se la cerró por la espada. Pero sobre todo el hilo conductor ha sido una novillada de Nazario Ibáñez repleta de virtudes, desde la nobleza, la clase y la bravura. Al quinto y último se le ha premiado con la vuelta al ruedo póstuma. ‘Gargantero’ se llamaba.
Juan Alberto Torrijos no dio puntada sin hilo. Muy metido en la tarde, muy encajado en todo momento. Muy agarrado al piso, muy convencido. Desde que se echó el capote a la espalda y le cuajó estupendo quite por gaoneras al segundo, derrochó actitud y más actitud.
Torrijos en su turno se fue a porta gayola, pegó lances de todas las marcas: faroles, una verónica la mar de templada, chicuelinas… Provocó un incendio en Algemesí, que se entrega a sus toreros que da gusto.
La faena fue variada. Muy asentada y vertical, sabiendo manejar las embestidas en espacios inverosímiles. Si no estuviese empezando diríamos vaya sitio tiene delante de la cara del toro. Solo me surje la duda de si no redondeó más hacia atrás los muletazos por no apretar en exceso la embestida. Pero el caso es que hizo diabluras entre los pitones. Fue estocada tras pinchazo y dos orejas.
Mario Vilau, cuando se cumplen 12 años de la censura de la Tauromaquia en Catalunya y el cierre de La Monumental de Barcelona, viene a levantar la bandera y las esperanzas de aquella tierra. Le salió ‘Gargantero’, que fue una máquina de embestir con clase, profundidad, intensidad y transmisión. Y Vilau respondió con mando, temple y seguridad, sobre ambas manos. Ralentizando aquello, ajustándose ante aquella encastada tromba. Y cuando todo estaba a punto de caramelo, se sucedieron los pinchazos. Ojalá Catalunya tenga torero.
Pedro Andrés, de Salamanca, consiguió no amontonarse con el buen primero. Mejor a derechas. Por el izquierdo un pelín retorcido. Con la espada demasiado pinchauvas pese a su envergadura.
De Castellón llegaba Javier Aparicio que se encontró con un novillo que era puro almíbar. Mucha clase. Compostura en Aparicio, pero allí faltó alma, conexión.
Por su parte Raúl Caamaño, de la Escuela de Toledo, está todavia por ver. Por el izquierdo, al natural, quiere decir cosas, pero todavía está verdecito.
