Algemesí se citaba con su historia. Dos novilleros del pueblo en el cartel: Nek Romero y Juan Alberto Torrijos. Uno con ambiente, el otro se estrenaba con picadores. La historia del toreo pasa por Algemesí. El pueblo sostiene sobre sus hombros, como la misma muixeranga, como los pinos, palos y maderas que trenzan en esta plaza mayor el cuadrilátero mágico, tantos sueños. Aquí echó raíces un Torrijos, que tuvo un hijo que llegó a matador, y ahora un nieto, que debutaba con picadores junto a Nek Romero, que desde una vida humilde y mucha perseverancia, soñó e realizó el toreo aquí tras ver a María Morillas, aquel becerrista salvaje que era Daniel Martínez –a quien hoy pude saludar como un cadafalero más– y sobre todo a Jorge Expósito que fue quien prendió la llama más reciente. Hoy Algemesí es un vivero de toreros: hay una decena de chavales que quieren ser. Las sensaciones de aquel debut de Jorge Expósito son imborrables. El día antes vivimos el cierre de La Monumental con lágrimas en los ojos y al siguiente Algemesí, como siempre hace, nos devolvió la vida.
Hoy todo aquello y mucho más se citaba en un cartel: Nek Romero a las puertas de la alternativa y una presentación con picadores, la del nuevo Juan Alberto, dinastía Torrijos. El papel estaba casi que acabado hace más de una semana, y eso que se pedía un pico de más por cada entrada. Era la ilusión de un pueblo. Casi que la plaza se había montado este año pensando en ellos, en Nek y Juan Alberto. Pero a la hora de la verdad, con todo el pueblo volcado, la ilusión por las nubes y todo aquello, se apareció una novillada como de Hacendado, con todos mis respetos a la citada marca blanca.
¿Moreno Pérez-Tabernero? A ver. Una oportunidad. Y va y la novillada salió abecerrada desde el primer ejemplar. Por comparación con la víspera, ese lujo de Jandilla –responsabilidad de ganadería señera y de novilleros líderes–, la evidencia era más palpable todavía. Y además de sin trapío, con escasa clase y menos raza. Una vulgaridad. Resulta que en el día de la cita con la historia –sí, está claro, al final sólo es una novillada en una plaza de tercera, con el chauvinismo elevado a la enésima potencia, que peor es la marranada de la televisión para el toreo, o no– va y se olvidan del elemento principal, el toro. Como dijo el otro día Albert Serra esto del toreo no es (sólo) un entretenimiento, es «algo trascendente y poético». Pues faltó el detalle principal.
El primero fue muy escaso, sin trapío. Nek se arrodilló para recibirlo por verónicas. Muy blando y desrazado. Nek, correcto. Sin chispa el toro, y al final la faena también. Encimista. Larga. Dos amagos de volteretas que no deben suceder con un animal así, que ni quiere pasar y que se defiende por arriba por insistir de sobra. Luego el petardo con la espada. Dos pinchazos, una atravesada que hace guardia. Al final el animal cayó.
Nek se desquitó con el cuarto de la tarde. Su compromiso lo demostró al coger las banderillas. Dejó cuatro pares realmente buenos que encendieron la plaza. Dos a destacar por el pitón izquierdo, dejándose llegar mucho al animal y cuadrando en la cara. Fue un novillo con pies, que en los primero tercios se movió bastante. Nek lo empezó con doblones ligados por abajo en redondo y alcanzó lo mejor en dos series al natural, sin forzar la figura, con los vuelos, con temple y largura. El novillo tendió a apagarse, pero la faena sin fin todavía se alargó con unos innecesarios circulares. Sin celo ni fijeza, con la cara del novillo por las nubes, Nek cobró una estocada muy trasera que requirió del descabello. Una oreja del paisanaje.
Juan Alberto se fue a recibir a porta gayola a sus dos novillos. Llega a punto al escalafón con picadores y así lo demostró. Sobre todo con su primero, un novillo que subió un pelín el tono, pero al que Juan Alberto mejoró notablemente, dándole su tiempo y espacio. Fueron varias las sensaciones las que dejó este nuevo Torrijos. La capacidad de respirar en la cara del toro. De pensar. De verle fluir las muñecas. De no dar sensación de rigidez y torear con los vuelos. De irse detrás de dos magníficos pases de pecho. De no demostrar ningún atropello. De hacer de todo en tu primer novillo picado, y que nada sobre o falte. Que los circulares antes y las manoletinas después fuesen en el momento exacto. Pero luego falló la espada cuando iba a pegar un fuerte golpe sobre la mesa nada más llegar.
La espada no falló con el quinto y ahí sí que agarró la oreja que le concedía el pueblo de Algemesí. Esto fue otra historia. Novillo bruto, informal y desclasado. De embestida a arreones. Mérito Sergio Pérez con los palos clavando conforme venía aquello, ahorrando capotazos. Había que torear para confirmar ninguna entrega ni casta buena. Lo certificó Juan Alberto con la muleta y con convicción agarró una buena estocada.
En tercer turno actuó el rejoneador de Ontinyent, Pablo Donat, que a esas horas llegó para poner la intensidad. Un novillo feúco de Serrano con el que tuvo que emplearse Donat para encelarlo y provocar sus embestidas. Lidia costosa y al final una cuadra y un rejoneador valientes. Hubo momentos de riesgo y banderillas al límite, muy ceñidas, que fueron destapando el genio del novillete, pero los caballos siempre tiraron adelante. Luego llegó el fallo con el acero de muerte y sólo fue una ovación, pero hasta entonces, la faena de Pablo Donat tuvo mucho mérito.
