SENTENCIA MAESTRANTE

Solo hay un día para hacer balance. La Feria de Abril de mayo ha dictado sentencia y ya mismo se abre paso San Isidro. Todo ha ido (prácticamente) rodado y a partir de ahora la temporada se plantea mejor aún. Más variada, menos previsible.

Esta vez en Sevilla no hubo ni bulla para la confección de carteles. La no noticia fue que las cuestiones de dineros y las honras de las figuras se arreglaron en los despachos sin lloriqueos. Y como está ahora en el dique seco, tampoco nadie echó demasiado en falta a Enrique Ponce, que era el único ausente destacado y destacable. Por no hablar de su sustituto natural que marcaron Fallas y Magdalena con Finito de Córdoba. Los que estaban, fueron. Fueron todos adelante. Sin bombo isidril y con una mesura más apropiada para contener emociones y calidades, fue en el cartel más abierto y rematado cuando se partió definitivamente en dos la feria sevillana. Esa corrida de Jandilla que encumbró a Pablo Aguado a príncipe de Sevilla ante los máximos exponentes de los caprichos maestrantes en la actualidad: Morante y sus cosas; Roca Rey y su apabullante verdad de máxima figura. Con permiso de El Juli, claro, que tras abrir también la Puerta del Príncipe, ejerció de abusón incrustando una corrida mixta en plenos farolillos, que a la postre salió fallida, pese a llenar tendidos y embestir los de Domingo Hernández.

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Pablo Aguado, con mesura, expresión y personalidad, le bordó el toreo a las almibaradas embestidas del Jandilla ‘Cafetero’. Hizo así con el capote, lo meció en el inicio de muleta y la cadencia, ritmo y temple hicieron magia, sin tensión alguna. La naturalidad, como en un sueño, recorrió el toreo de siempre en apenas seis minutos revitalizantes. Para muchos fue como si no hubiesen visto torear en años, para otros como si nada de lo anterior hubiese merecido la pena. Es la revelación del toreo. La revelación de lo nuevo. Lo imprevisble y no por ello menos esperado. Le bastaba una tarde en Sevilla a Pablo Aguado. “Mejor una buena que dos regulares” como nos dijo en Cultura de Bou. Y las dosis de torería, el concepto, el fondo y la forma de Aguado se expresaron en auténtica sobredosis. Fue emocionante. Histórico.

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Pablo Aguado fue la sorpresa de Sevilla y lo será de la temporada. En San Isidro entra en juego en la primera semana. La explosión ha hecho tambalear los cimientos. Con solo una tarde ya ha provocado ciertas cosas.

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Por ejemplo, fue poesía ver a Morante echar las rodillas al suelo y empezar una faena por ayudados. O ese voraz Roca Rey, tan gigante a su paso por Sevilla, que se vio a la sombra del paso fulgurante de Pablo Aguado. La temporada se ha puesto mejor todavía y sobre todo gana el toreo. Rico en matices, liberado de modas y corses.

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Roca Rey había volcado Sevilla a su favor con aquella corrida decepcionante de Cuvillo. Le pidieron el rabo, pero la faena total y todopoderosa fue la otra, la no premiada. Ahí marcó las distancias y los terrenos que casi nadie pisa.

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El Juli sumó una nueva Puerta del Príncipe, pero sobre todo se ha re enganchado a la temporada tras empezarla sin dar un muletazo decente en Castellón o València. En Sevilla se vio al Juli versátil, delicado e inspirado. Morante dejó para el recuerdo un manojo de verónicas o en la histórica tarde de Jandilla, el quite del bú al sexto, al que Pablo Aguado le volvió a cortar dos trofeos.

El tirón de una estupenda feria sevillana, además, lo ha aguantado un Emilio de Justo con tremendo sitio, igual de tremenda que su apuesta por el toreo. Una gran corrida de Victorino lo puso a prueba. Imborrable lo despacio que toreó.

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Y junto a Victorino, la ganadería de Fuente Ymbro. Son las dos grandes corridas de la Feria de Abril. Sin olvidar Garcigrande y Domingo Hernández, Santiago Domecq, Jandilla y Torrestrella, más un puñado de toros sueltos en los hierros que no citamos.

Perera, Garrido, Galdós, Álvaro Lorenzo, Ureña, Urdiales, López Simon u Octavio Chacón completan un supuesto cuadro de honor de la Feria de Abril de mayo. Un feria que a lo mejor pecó de triunfalista. Pero el triunfalismo, como la pasión, la emoción o la imprevisibilidad de la casta, la bravura y el toreo, son necesarios para agitar el acontecimiento taurino que a diario, desde el pasado primero de mayo y hasta el 16 de junio, se vive en sus grande escenarios, Sevilla y, a partir de ahora, Madrid.

La sentencia maestrante ha sido clara. La temporada se abre paso mejor, más abierta, rica y apasionante que cuando empezó la Feria de Abril. También más exigente. La comodidad especulativa no conviene, y ahora que empieza San Isidro todavía menos.

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