Era la tarde tapada de la Feria de Julio. Para aficionados. Una corrida de El Torero con edad y trapío y una terna para dictar el toreo, rica en estilos. Al final hubo casta, emoción y entrega en todos lo bandos. Urdiales tragó con torería frente a un lote nada fácil. Luque, exhibió su poderío. Y Navalón, a sangre y fuego, reconquistó Valencia y abrió la puerta grande con tres orejas.
Vamos, que la ‘tapada’ no defraudó. Sólo que faltó más público, más afición a la hora de promover una corrida así. Con todo, un tercio largo de aforo, seguro que la tarde de Samuel Navalón en la Feria de Julio del 26 tendrá su eco en la eternidad.
Porque Samuel Navalón venía de arrasar en Fallas y el objetivo no era otro que reconquistar València. Su tarde fue un derroche de entrega, poder, prueba/error, soluciones, firmeza, valor desatado y toreo salvaje. Actitud voraz. Mentalidad ganadora.
El torero de Ayora se llevó dos tremendas volteretas, una en cada toro, cuando ya mandaba en la situación, se había metido en los terrenos del toro y cruzaba todas la líneas. Dos cogidas de las que salió ileso, pero con una auténtica paliza.
El primero de su lote fue un toro grandón, aunque el único con cuatro años de toda la corrida. Había derribado al caballo con estrépito y cobró la segunda vara en el que guardaba la puerta. Se quedó crudo y cuando en la brega tocó las telas de Curro Javier, el tal Dragarios montaba en cólera.
Sin importar el detalle, Navalón echó la moneda y las rodillas al suelo frente a un toro con poder que venía exigiendo mando y temple. De rodillas hubo limpieza y ligazón en el inicio. Y a la siguente tanda, buena reunión y mando
Pero el toma y daca empezó a partir de entonces. Los enganchones, el toro por dentro, la colada, el desarme. La importancia del embroque, de la suavidad, de la aperturas, de la muñeca para volver a encauzar la faena. Dar un paso más y meterse entre los pitones, aguantar el arrimón sabiendo que al mínimo error podía acabar volteado, como ocurrió. Una paliza auténtica y la determinación de la entrega máxima. Fue una oreja.
Y dos en el sexto. Navalón se fue a porta gaiola por si cabía alguna duda. El cinqueño Fulanillo, estrecho de sienes, dos velas por delante, tuvo buen aire en las verónicas de recibo. Curro Javier se desmonteró tras banderillear y Samuel Navaló apretó a fondo.
Al inicio con pases cambiados, siguió el toreo ligado, bien ajustado y de mano baja. Tal vez excesivo poder. Desde la tanda primera no había cabida para especular o pegar un pase que no atacase al objetivo de reconquistar Valencia por lo civil o lo criminal.
Asustó al miedo, en pleno arrimón llegó otra voltereta tremenda. Como para cambiarle el color de la cara, pero no la actitud y la intención. De la manalotinas otro pitonazo y la estocada fulminante. Dos orejas y Valencia, reconquistada.
Otro momento caliente y, sobre todo, de buen toreo llegó en el tercio de quites del quinto, otro buen toro. Navalón no perdonó y toreó a pie firme por tafalleras verticales y templadas. Tuvieron pausa y regusto. Tras pensárselo, Daniel Luque respondió por el palo clásico de las verónicas en un quite de enorme nivel y torería, dejando llegar mucho la embestida a las telas, con mando y desgarro.
Muy por encima del toro y de la tarde, en este quinto Luque estuvo paciente. Al toro le faltó empuje, transmisión, pero siempre agradeció cuando lo llevaban largo. Al natural, y de uno en uno, el sevillano dejó un toreo de quilates con gran limpieza y prodigioso trazo. Sólo que sobró un pichazo y la puerta grande no terminó de abrirse.
Sólo un trofeo no cuenta el nivel de Daniel Luque en esta tarde de julio en València, pero es el que sumó de Granadino. Otro cinqueño, un toro fino, pero con aires de toro viejo, abierto de cara y levantado de manos. Fue a partir de banderillas cuando empezó a bajar y a entregarse, para dejar grandes embestidas de las que Luque se apropió con autoridad y sin fisuras.
Diego Urdiales primero se midió con un jabonero de tremendo trapío, cinco para seis años, un toro de esfuerzo, que no acabó de entregarse en una faena larga. Y en el cuarto hizo de tripas corazón con un toro que sacó sentido por la mano diestra demasiado pronto. Le robó naturales de mérito y se puso por el otro pitón sabiendo lo que iba a encontrar. Esto es dignidad y torería. Ovación.
