LEONARDO DE PORTUGAL DIBUJA EL TOREO EN EL RENACIMIENTO DE VALÈNCIA TRAS LA PANDEMIA

FOTOS CARLOS LITUGO

Un Leonardo de Portugal ha dibujado el toreo en el renacimiento del toreo en València tras la pandemia. No era de Vinci, pero vici -venció- al natural y un toreo distinguido, propio, creativo. Lo enseñó una vez, cambió la faena a la derecha, y volvió: uno de las flores, la granadina de inspiración tomasista, y el natural vertical, sutil, despacioso, el aguante. Y el rugir. Vibró València. Las series buenas se recrecían en emoción y sentimiento. Más ceñido y breve el muletazo, pero más enroscado, más emocionante. Era en el sexto, tras otra tarde fría a contraestilo, pero de repente todo desaparecía, se olvidaba y el toreo llenaba el alma en una docena de muletazos. El toreo renacía 20 meses después en València por segundo día consecutivo.

Carlos Litugo, el autor de las fotografías que acompañan a esta crónica, me cuenta que vio al chaval comprando una gorrilla en un kiosco junto a la plaza de toros. Se ve que Leonardo (de la Escuela de Vilafranca de Xira que dirige el maestro Mendes) no tenía tocado para traje corto. Litugo le dijo: «esa va a ser la que te dé suerte hoy». Le cortó una oreja más que merecida tras un pinchazo y pinchazo hondo y al novillo de Antonio López Gibaja se le premio con la vuelta al ruedo.

La novillada de López Gibaja estuvo entre la correcta presentación y a veces hasta un tanto excesiva. Como ese primero, largo, alto y grande. Muy descompuesto, un puyazo en regla no le habría sobrado. Kevin Alcolado (ET Alicante) no le volvió la cara pese a las oleadas constantes y brutas embestidas de una faena que siempre se hizo cerca de las tablas.

De la Escuela Taurina de Huesca venía Porta Miravé. Estuvo solvente, pero no terminó de querer torear despacio. El novillo, de poca clase, obligaba a ser enganchado muy por abajo con la franela para extraerle las embestidas.

Si había más de 2.000 personas en la plaza era por culpa de que estaba anunciado Javier Camps. Natural de Massamagrell, València vibra de nuevo gracias a un torero de l’Horta. Y eso se nota, y Javier Camps da motivos. Cedió su turno de quites a un compañero de la escuela, Alberto Donaire. Compañerismo. Y con el suyo se empleó y construyó con sentido la faena. El novillo de Gibaja, falto de inercias, exigió colocación. Javier Camps hizo lo mejor cuando se quedó en el sitio, la dejó en la cara y extrajo emocionantes series por ambos pitones. Rompía el toro, se rompía el torero y vibraba la plaza: l’Horta estaba representada: Massamagrell, Foios, las raíces, y Albalat, Museros y muchos más…

La faena tuvo sentido y su final, de rodillas, por ayudados por alto mucha verdad, ajuste y torería. Un pinchazo y una estocada defectuosa fueron la excusa del palco para negar un trofeo pedido de forma mayoritaria. Camps se cortó con el acero y pasó a ser atendido en la enfermería y salió con diez puntos de sutura.

En el cuarto Cid de María (ET Guadalajara) mostró buen corte, mucho gusto y empaque, así cómo excesivo amaneramiento. A Lenny Martín, (ET Beziers) se le hizo bola la profunda embestida del novillo de Gibaja de pelo melocontón. Se venía humillado dos metros antes del embroque con las telas. Con espada y descabello pasó un quinario, y fue Víctor Manuel Blázquez quien tuvo que descabellar al final.

Luego vino el toreo al natural de Leonardo y el final feliz que todos necesitábamos. El próximo 5 de diciembre la plaza de toros volverá a abrir sus puertas con el festival taurino por los damnificados del volcán de La Palma.

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